miércoles, 29 de febrero de 2012

KILOMETRO CERO

KILOMETRO CERO



Marzo. Un mes esplendido para empezar. Hace tiempo que miro atrás, comido por la añoranza de aquellos asientos duros de madera, de algún árbol fuerte. Diseñados para acomodar incompatibilizando la estabilidad física y mental. Asientos que hacían lucir mejor la figura sobria, pero elegante de aquellos vagones austeros, en los que no existía calefacción permanente que diese a las personas suficiente motivación para moverse al bar, a por un buen vaso de agua fresca para aliviar la sequedad de un periodo transitorio, o simplemente, para hidratar las grietas que florecen de los labios sedientos en los viajeros, adornados con pequeños pliegues de piel desgranada.

Muchos paisajes fueron los que vi al pasar en un vagón que pretendía, como lanzarme hacia el exterior, a cualquier paisaje sin distinción y sin sentido.

En mi alma se reflejaba las cuatro estaciones del año que desde aquel rincón reservado en el centro, exclusivamente para mi, iban haciendo de mi vista las manos y la boca por la que todo sentimiento expresaba. Vi la primavera. Llena de flores, relucientes por el rocío de la escarcha. Tan bonitas y olorosas, pero frías. Muy frías por las horas que transcurren entre el atardecer rojizo y apagado, y la mañana fresca y viva de luz. Vi su luz, vi sus sombras. Sus pequeños capullos que brotaban de unos esplendidos rosales salvajes, y sin cesar. Vi la carne ulcerosa de sus hojas queriendo romper la membrana vegetal que las cubría. En el suelo, verde y abrupto, existían entre la maleza y el pasto, las siluetas de las mismas que se reflejaban unas en otras, como queriendo culparse entre colindantes por el robo de esos pequeños espacios de sol. El agua corría, como queriendo alcanzar la velocidad de mi viaje, en unos saltos que brindaba al paisaje, al movimiento por el grito silencioso de sus chorros, y de alguna gota escaparse.

En mi estancia, en la mirada entrecerrada de las personas, notaba un ligero guiño de dulzura. Y con los labios entre rejas. Queriendo compartir el momento para hacerlo eterno, partiendo desde esa cárcel de líneas carnosas , rajadas y medio desprendidas a las que no estaba permitido pronunciarse.

Vi el verano. Como, de aquellos troncos de árbol que en su imagen parecían fuertes, salía desangrada la resina de sus escamas rasposas y criadas por la juventud de los meses anteriores y se hacían concha para luego ser recogida y utilizada, o simplemente, borrada de su imagen por la lluvia escasa en fechas. Las rosas abiertas resistentes pero dentro de la habitabilidad de la madurez y conteniendo el secreto de su supervivencia en los estómagos salientes, como púas, de sus tallos. El sol arreciaba fuerte y el agua no corría brava. Pero era posible apreciar en la imagen de sus lagos, entre la tranquilidad de sus aguas, la imagen del vagón en el que yo me encontraba. Y me hacia reflexionar sobre la imagen. ¿ Narcisista?, tal vez. Pero eran momentos en los que podía mirarme y aunque fuese de lejos, ver que estaba viajando. Sin rumbo ni estación definida. Viajando.

Dentro del habitáculo se respiraba un cierto aire de madurez, envuelto con una brisa sofocante de calor. El sol arreciaba tan fuerte que en ciertos momentos, en días, creaba la angustia entre los viajeros que hacían por levantarse y dejar desocupados los números pares, alimentado la barrera de oxigeno y postrando su efigie en los impares. En aquellos asientos tan poco confortables.

El fresco mueve las hojas rozando incesantemente en la cárcel de cristal, madera y chapa, como anunciando que la naturaleza necesitaba descansar. Y poco a poco, veía como de aquellos arboles fornidos caía una lluvia de pétalos, desojando sus más elegantes trajes de gala. El pasto descansado, intentaba levantarse entre el peso de la vida, ya casi muerta. Aveces torturado por su propia especie, arrastrada por el enfado del viento. El cielo se reñía de velos, que unia y desunía y prohibía al sol alimentarnos de una luz más fuerte. Los tallos de las flores espinosas aguataban fuertes, sobre una alfombra de color desteñido. Y el agua, hacia el intento de brotar sin más éxito que el de la esperanza de los días lluviosos.

Dentro, comendaban a ponernos las finas prendas de tejidos de entre tiempo. Y los asientos impares quedaban entremezclados con la oquedad, también de los pares. Alguna sonrisa aparecía mas. Mas ofrecida y más confiable. Pero con cierta ambientación del exterior y con pocas palabras. Así vi pasar los otoños.

Mirando entre la reja de agua chorreante y deformada a destiempo, acompañada de pequeñas lagrimas blancas que surgían de las entrañas más hondas del ambiente, observé que aquellos nobles que antes vestían alegres, eran torturados con el traje del invierno. Y se movían fuertemente. Tan fuerte, que hacían gritar a mi vista, que necesitaban desprenderse del peso de aquella vestimenta, impuesta por la ley de la naturaleza. El rio, que acompaña en todo momento a la vía del tren en su recorrido, comenzaba a expresarse. Entre queja y discusión, me pedía que volviese a mirarme. Necesitaba ser útil, más de la función, que para todo aquel paisaje desempeñaba y recogido en la angustia disfrazada de confortabilidad, con pequeños toques de amnesia, quizás por el cansancio o tal vez, por la inactividad en aquellas horas frescas, yo me miraba en su imagen. Aveces su lecho era difícil por los saltos que las brotantes matas de pasto hacían sobre el. Pero recuerdo que mi imagen quedaba grabada entre mi mente y mis labios, como en un álbum de fotos quedan incrustados los recuerdos y los futuros deseos. Ahora todos buscaban abrigos pero cabía aun la destreza de ser arropados en sus propios asientos individuales. Ocupados seguidamente, uno de otro, ahora sí. El ánimo también se veía envuelto entre la mezcla del amanecer y el anochecer. No daba tiempo para mucho.

Muchos paisajes son los que veía pasar desde las huertas más ricas en minerales de sus tierras hasta los desiertos mas abruptos y calurosos, nevados por una fina arena que quisiera volcarse en forma de una ola hacia el hueco de mi ventana.

Paso a paso recordando. En este lugar de sonidos segunderos. El reloj de la estación está marcando el curso de los firmes aros que soportan los ejes del tren. El que pasa sin cesar cada equis tiempo sin motivo aparente pero ofreciendo un servicio básico, necesario en la rutina diaria para hacer de la vida un modo productivo.

Aquí. Apoyado en las tintas paredes blancas y sentado en frio hierro sin espaldar. Echado desde el estado semiconsciente de mi mente, hacia la cobarde madera de una papelera desgastada por el clima y que sostiene posado mi codo, sentido o abatido por mi pensamiento maquinal. Rebuscando en las cenizas de mi cartera, algún papel con la serigrafía de unos números y unas letras, moldeados por la forma cupular de un sencillo bolígrafo, y que tirar al vacio de cartón y plástico que frecuenta esta débil cesta del olvido. La que ha soportado el peso de mi ser y la fiel compañera de mi adversidad. Mis arrepentimientos y mi firmeza de las razones por las que debí bajar de aquel tren. La hermana que en muchas ocasiones, consideraba equivalente a mí.

En este preciso instante, en el que no puedo olvidar, ni tampoco levantar mi espalda de la rugosa y sucia pared de la estación. Mi casa permanente. Me dispongo a mover alguna de mis dos extremidades inferiores como signo o actitud al deseo recóndito que me acecha constantemente, en cuanto al momento en espera que me encuentro. Como queriendo ser valiente, sin serlo. O simplemente, por reacción indirecta de mi necesidad. Como aquel que se lanza a una piscina sin mirar para hacer el mejor salto de su vida.

En realidad, creo que es la hora. Sin valentía pero asustado por que este reloj pudiese volver a marcar las mismas horas que grabadas se quedaron en mis sueños, con el tic tac incesante de su marcha. Marcado por el trabajo exacto de sus agujas y meditando con la mirada fija de su fino forjado. A la atención del silbido del silbato que aquel cuarteador del tiempo hace tocar, creo que ha llegado mi tiempo. El tren no ha hecho nada mas que llegar pero el tiempo de parada en esta estación terciaria es poco y mi viaje largo. Aun más largo que el sonido de este marcador de etapas.

Con el aspecto cabizbajo, mis manos entre el nudo húmedo de mi pañuelo, que guardo en el fondo de mi bolsillo y cogiendo por el asa el baúl de piel que guarda mis vergüenzas y mis virtudes, ahora, vuelvo a subir al tren. No antes sin mirar hacia el canapé de mis lagrimas y al amigo cronógrafo con el que tanto converso.

- Bienvenido, me comento. - Bienvenido, siga usted viajando.

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