KILOMETRO CERO
Marzo. Un mes esplendido para empezar. Hace tiempo que miro atrás, comido por la añoranza de aquellos asientos duros de madera, de algún árbol fuerte. Diseñados para acomodar incompatibilizando la estabilidad física y mental. Asientos que hacían lucir mejor la figura sobria, pero elegante de aquellos vagones austeros, en los que no existía calefacción permanente que diese a las personas suficiente motivación para moverse al bar, a por un buen vaso de agua fresca para aliviar la sequedad de un periodo transitorio, o simplemente, para hidratar las grietas que florecen de los labios sedientos en los viajeros, adornados con pequeños pliegues de piel desgranada.
Muchos paisajes fueron los que vi al pasar en un vagón que pretendía, como lanzarme hacia el exterior, a cualquier paisaje sin distinción y sin sentido.
En mi alma se reflejaba las cuatro estaciones del año que desde aquel rincón reservado en el centro, exclusivamente para mi, iban haciendo de mi vista las manos y la boca por la que todo sentimiento expresaba. Vi la primavera. Llena de flores, relucientes por el rocío de la escarcha. Tan bonitas y olorosas, pero frías. Muy frías por las horas que transcurren entre el atardecer rojizo y apagado, y la mañana fresca y viva de luz. Vi su luz, vi sus sombras. Sus pequeños capullos que brotaban de unos esplendidos rosales salvajes, y sin cesar. Vi la carne ulcerosa de sus hojas queriendo romper la membrana vegetal que las cubría. En el suelo, verde y abrupto, existían entre la maleza y el pasto, las siluetas de las mismas que se reflejaban unas en otras, como queriendo culparse entre colindantes por el robo de esos pequeños espacios de sol. El agua corría, como queriendo alcanzar la velocidad de mi viaje, en unos saltos que brindaba al paisaje, al movimiento por el grito silencioso de sus chorros, y de alguna gota escaparse.
En mi estancia, en la mirada entrecerrada de las personas, notaba un ligero guiño de dulzura. Y con los labios entre rejas. Queriendo compartir el momento para hacerlo eterno, partiendo desde esa cárcel de líneas carnosas , rajadas y medio desprendidas a las que no estaba permitido pronunciarse.
Vi el verano. Como, de aquellos troncos de árbol que en su imagen parecían fuertes, salía desangrada la resina de sus escamas rasposas y criadas por la juventud de los meses anteriores y se hacían concha para luego ser recogida y utilizada, o simplemente, borrada de su imagen por la lluvia escasa en fechas. Las rosas abiertas resistentes pero dentro de la habitabilidad de la madurez y conteniendo el secreto de su supervivencia en los estómagos salientes, como púas, de sus tallos. El sol arreciaba fuerte y el agua no corría brava. Pero era posible apreciar en la imagen de sus lagos, entre la tranquilidad de sus aguas, la imagen del vagón en el que yo me encontraba. Y me hacia reflexionar sobre la imagen. ¿ Narcisista?, tal vez. Pero eran momentos en los que podía mirarme y aunque fuese de lejos, ver que estaba viajando. Sin rumbo ni estación definida. Viajando.
Dentro del habitáculo se respiraba un cierto aire de madurez, envuelto con una brisa sofocante de calor. El sol arreciaba tan fuerte que en ciertos momentos, en días, creaba la angustia entre los viajeros que hacían por levantarse y dejar desocupados los números pares, alimentado la barrera de oxigeno y postrando su efigie en los impares. En aquellos asientos tan poco confortables.
El fresco mueve las hojas rozando incesantemente en la cárcel de cristal, madera y chapa, como anunciando que la naturaleza necesitaba descansar. Y poco a poco, veía como de aquellos arboles fornidos caía una lluvia de pétalos, desojando sus más elegantes trajes de gala. El pasto descansado, intentaba levantarse entre el peso de la vida, ya casi muerta. Aveces torturado por su propia especie, arrastrada por el enfado del viento. El cielo se reñía de velos, que unia y desunía y prohibía al sol alimentarnos de una luz más fuerte. Los tallos de las flores espinosas aguataban fuertes, sobre una alfombra de color desteñido. Y el agua, hacia el intento de brotar sin más éxito que el de la esperanza de los días lluviosos.
Dentro, comendaban a ponernos las finas prendas de tejidos de entre tiempo. Y los asientos impares quedaban entremezclados con la oquedad, también de los pares. Alguna sonrisa aparecía mas. Mas ofrecida y más confiable. Pero con cierta ambientación del exterior y con pocas palabras. Así vi pasar los otoños.
Mirando entre la reja de agua chorreante y deformada a destiempo, acompañada de pequeñas lagrimas blancas que surgían de las entrañas más hondas del ambiente, observé que aquellos nobles que antes vestían alegres, eran torturados con el traje del invierno. Y se movían fuertemente. Tan fuerte, que hacían gritar a mi vista, que necesitaban desprenderse del peso de aquella vestimenta, impuesta por la ley de la naturaleza. El rio, que acompaña en todo momento a la vía del tren en su recorrido, comenzaba a expresarse. Entre queja y discusión, me pedía que volviese a mirarme. Necesitaba ser útil, más de la función, que para todo aquel paisaje desempeñaba y recogido en la angustia disfrazada de confortabilidad, con pequeños toques de amnesia, quizás por el cansancio o tal vez, por la inactividad en aquellas horas frescas, yo me miraba en su imagen. Aveces su lecho era difícil por los saltos que las brotantes matas de pasto hacían sobre el. Pero recuerdo que mi imagen quedaba grabada entre mi mente y mis labios, como en un álbum de fotos quedan incrustados los recuerdos y los futuros deseos. Ahora todos buscaban abrigos pero cabía aun la destreza de ser arropados en sus propios asientos individuales. Ocupados seguidamente, uno de otro, ahora sí. El ánimo también se veía envuelto entre la mezcla del amanecer y el anochecer. No daba tiempo para mucho.
Muchos paisajes son los que veía pasar desde las huertas más ricas en minerales de sus tierras hasta los desiertos mas abruptos y calurosos, nevados por una fina arena que quisiera volcarse en forma de una ola hacia el hueco de mi ventana.
Paso a paso recordando. En este lugar de sonidos segunderos. El reloj de la estación está marcando el curso de los firmes aros que soportan los ejes del tren. El que pasa sin cesar cada equis tiempo sin motivo aparente pero ofreciendo un servicio básico, necesario en la rutina diaria para hacer de la vida un modo productivo.
Aquí. Apoyado en las tintas paredes blancas y sentado en frio hierro sin espaldar. Echado desde el estado semiconsciente de mi mente, hacia la cobarde madera de una papelera desgastada por el clima y que sostiene posado mi codo, sentido o abatido por mi pensamiento maquinal. Rebuscando en las cenizas de mi cartera, algún papel con la serigrafía de unos números y unas letras, moldeados por la forma cupular de un sencillo bolígrafo, y que tirar al vacio de cartón y plástico que frecuenta esta débil cesta del olvido. La que ha soportado el peso de mi ser y la fiel compañera de mi adversidad. Mis arrepentimientos y mi firmeza de las razones por las que debí bajar de aquel tren. La hermana que en muchas ocasiones, consideraba equivalente a mí.
En este preciso instante, en el que no puedo olvidar, ni tampoco levantar mi espalda de la rugosa y sucia pared de la estación. Mi casa permanente. Me dispongo a mover alguna de mis dos extremidades inferiores como signo o actitud al deseo recóndito que me acecha constantemente, en cuanto al momento en espera que me encuentro. Como queriendo ser valiente, sin serlo. O simplemente, por reacción indirecta de mi necesidad. Como aquel que se lanza a una piscina sin mirar para hacer el mejor salto de su vida.
En realidad, creo que es la hora. Sin valentía pero asustado por que este reloj pudiese volver a marcar las mismas horas que grabadas se quedaron en mis sueños, con el tic tac incesante de su marcha. Marcado por el trabajo exacto de sus agujas y meditando con la mirada fija de su fino forjado. A la atención del silbido del silbato que aquel cuarteador del tiempo hace tocar, creo que ha llegado mi tiempo. El tren no ha hecho nada mas que llegar pero el tiempo de parada en esta estación terciaria es poco y mi viaje largo. Aun más largo que el sonido de este marcador de etapas.
Con el aspecto cabizbajo, mis manos entre el nudo húmedo de mi pañuelo, que guardo en el fondo de mi bolsillo y cogiendo por el asa el baúl de piel que guarda mis vergüenzas y mis virtudes, ahora, vuelvo a subir al tren. No antes sin mirar hacia el canapé de mis lagrimas y al amigo cronógrafo con el que tanto converso.
- Bienvenido, me comento. - Bienvenido, siga usted viajando.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Romance de Labranza
Con el horno encalao a media leña, el canto de las aves de la buena mañana; la anterior a la que amanece, el olor de la jara, el tomillo y las malas hierbas, que se entremezclan con el sonido mudo de las hojas del quejigo. El que en horas tardías de la siesta del mes de agosto, da cobijo a la abuela y sus retales, en la lonja del cortijo. La bruma fresca tintada de tonos de trigal, aviva el fuego en el que Rosario cuece el pan.
Entre sueños despiertos, sonrisa subconsciente y reojos de mirada impaciente, a la vereda de los jornaleros, Rosario canta entre labios y murmullo.
-“…Y entre olivares juega el amor.
Y los mozos pintureros,
Alegrando los senderos,
Van cantando esta canción.
Aceitunera, Aceitunera,
Aceitunera, niña bonita…”
Y es que desde el primer domingo de julio, en la misa de la ermita de San Juan en Puerto Viejo, a donde todos los lugareños de las cortijadas villariegas asisten en sus mulas o andando, Rosario comparte mirada e inquietud.
El trigal, inquieto por ser segado, llama a los pasos de las yuntas, que ya se oyen bajo la noguera que cobija a la fuente. Rosario, que vigila como cuece el pan con tanto amor, como el que desprende al ver a Antonio; se entre esconde en la cruz forjada que cruza la ventana. Y entre paso y paso de la yunta, la voz brava del hombre jornalero, aviva la sonrisa de la joven.
- A este punto del camino, el oscuro de la noche se confunde en el recuerdo de unos ojos tan oscuros, como el negro azabache de esta madrugada.
- Anda, Antonio, anda… – dice el padre.
Y a eso que rezagado se queda el mulo, tira una flor que antes había recogido al beber en la fuente. Aunque el día aun está cerrado, las miradas son ajenas a la noche y al saber de los demás que acompañan.
La flor, en el agua de la pila donde beben las gallinas, flota aguantando el aroma de las manos de Antonio, para que Rosario al cogerla sienta más fuerte el cariño avergonzado, que como ella, su pretendiente le quiere demostrar.
Tras la lejanía de la sombra del amado, en la que se afina aun más la mirada de la joven, deja paso a la prisa por coger el primer beso de sus labios.
A otro día es domingo. Uno de los pocos que Antonio no trabaja y entre el horno y la ventana se queda Rosario sin mirada.
Ya entrada bien la mañana, la joven baja al rio a lavar en la piedra la ropa, que tan vilmente sobrevive en jornadas de trabajo; con el sudor de un agosto asfixiante y de las púas de las zarzas, que rodean el sembrado a donde Rosario va a ganarse la comida como buena hija de la casa.
Desde la loma de enfrente, se refleja en la rivera la silueta de un mozo con su mula, como si de un caballero con mala montura se tratase.
- Algún pastor.- Piensa Rosario
- No hay nombre más puro en la tierra, que el de mi patrona y el tuyo Rosario.- Se oye con voz temblorosa y apagada por la cierta lejanía de los mozos entre sí.
Con los ojos achinados, uno más que otro, y la palma de la mano alzada rodeando la frente sudada y castigada por el sol, Rosario intenta ver lo que antes no se imaginaba. Con cara de asombro y mejillas remendadas por la sonrisa impaciente y precavida, espera a que el mozo baje sin simular por estímulos que lo desea.
Sin tardar mucho Antonio baja y saluda castamente a su amada. Entrecruzan gestos de complicidad y recuerdan entre otras cosas, el día que se vieron. El iba con hermanos, los cuales, les sirvieron para saber de ella. Y ella, que llegaba tarde, acompañaba a su madre y hermanos, y tiraba del animal que cargaba de la abuela.
Ella apenas sabia del mozo que vivía en las estribaciones de los montes de Martos. El, sin embargo, entre lo que le hablaban sus hermanos y amigos, y la casualidad de pasar al tiempo por la lonja donde vivía Rosario para ir a trabajar algo más de diez días, conocía tibiamente algo de ella. Era guapa, eso sí. Una muchacha joven de cara poco desgastada y de rasgos morenos, como de gitana.
Entre conversaciones desde el desconocimiento mutuo y piropos que saltaban desde la mirada de los dos, pasan el rato que se ve roto por la voz quebrada de la madre de Rosario, que precavida la mujer, al ver un mozo en la loma de enfrente y bajar la ladera en dirección a la piedra, donde quitan las impurezas de la ropa jornalera, se apresuró a salvaguardar la pureza de su hija.
Antonio salió corriendo. No antes sin lanzar un quiero verte de nuevo y una mirada cabizbaja, como apurada, por no poder demostrar su amor primando el respeto físico que en principio les une.
Cuando Anacleta llega, la madre de Rosario, le pide explicaciones sobre la persona que bajó el monte. Ella le responde que fue un buen pastor; que al pasar por la vereda real que cruza desde puerto viejo al cruce de caminos de la posada, en la plaza de la fuente del pueblo, perdió alguna oveja rezagada del rebaño entre tanto matorral. Lógico. Rosario tenía dieciséis años y estaba expuesta a la protección de su progenitora. Antonio, de familia buena y campechana, tenía algo más. Unos diecinueve.
Desde aquel momento pensó que su vida podría convertirse en un júbilo de desesperación, por no saber al menos, cuando finalizarían los trabajos de siega en la finca de la Fornesa, ni cuándo volvería a buscarla como este día. No sabía si bajar a lavar más a menudo sola. Que excusas inventar para el resto de vecinas que conviven en la cortijada, cuyas casas adosadas, las une además una lonja circular y varios árboles de bosque mediterráneo.
Al día siguiente, y sin pisar el día al alba, en la masa del pan que aun esta sin exponer al fuego, se reflejan los sonidos de las pisadas de las yuntas y Rosario con las manos polvorientas, se aferra al cruce de metal de la ventana. Otra mirada y alguna palabra discreta. Y así, dos días más.
Dicen que el tiempo hace el olvido. Y aquello seguramente, debió pensar Rosario. Porque en siete semanas Antonio no apareció, siquiera un domingo de los que Rosario se inventaba cualquier “titulillo” para bajar al arroyo de las piedras a lavar la ropa. Y su nerviosismo, por no ver ni saber nada de Antonio, el cual, andaba muy atareado entre jornal y jornal. Una de las veces que Rosario bajó a lavar, recibe por parte de la vecina anexa a su cortijo, una pregunta un tanto indiscreta pero con un fondo de preocupación hacia ella y con formas muy caritativas. Rosario le confiesa.
La vecina chismosa, pero de buena honra, pensativa lava y conmovida soluciona. En el mes de octubre entre la venta villariega de los peros de “culomona” y la feria del ganado en la ciudad de Jaén, hay un hueco para una fiesta. No para la de la Virgen, sino para una fiesta cortijera.
Entre el pajón reposado del trigal, el escaso olivar, la maleza que escapa de entre la piedra de la albarrada de la era y los quejigos fornidos de la sierra villariega , aquel domingo de octubre en tradición se cantó, en corro se bailó y dando parte juegan.
La fiesta es sabida por todo el valle. Desde la loma de Fuensanta hasta las cortijadas de la Pandera. Del cerro de Jabalcuz a Martos, y el Contadero. Y desde más allá, de otiñar, llegaron jóvenes y jovenzuelas en busca de un domingo de bailes y de fiesta jornalera.
A eso que aparece Antonio, con cierto recelo y recato y en tanto Rosario lo ve, entre amigas se esconde, con leve sonrisa y mirada modesta. En el corro pasan las horas sin más aproximación que la que el viento corta cuando gira la rueda, y la que el sonido devuelve cuando rebota en las fachadas de dos plantas, angustiosas y levantadas entre piedra y piedra, barro, cal y paja.
La vecina que coquetea en el juego, mira a Anacleta madre de Rosario, y entre el regocijo de sus mejillas y el altruismo de sus mentes, hace que Antonio abra la rueda. La rueda sigue y gira. Antonio y Rosario se miran y se desesperan.
Con las manos sudorosas, el corazón en el otro puño y Rosario como flor y bandera de su alma, el mozo al regazo de la madre se dirige y entre labios, con acato al respeto de Anacleta, le pide la mano con diligencia.
Antonio no quiere más que mujer que lo respete, que le acompañe en la luz y en la sombra, que luche por la vida que ofrece y que le ofrezca. Y que desde una mirada azabache, a una de miel aun sin cosechar, se junten sonrisas, suspiros, sudor y llantos como el sentimiento que miró ante la ermita de puerto viejo.
Tras vestirse de aceitunero y aceitunera en la finca de la botica y al florecer la jara. Al canto de la golondrina, el olor a hierba buena y a hinojo, bajan en burra Rosario y Antonio. Rosario con velo de seda marcando las pestañas de guapa, casta y mujer morena. Viste retales movidos por la brisa fresca y las palmadas del quejigo que son aquellos que unía su abuela.
En la calle sacristía, en donde el chasquido de las pisadas de la burra en las piedras moldeadas por los huecos de la arena suenan, como palmas al abrigo de los novios sin más modestia que los llantos de la madre, Anacleta.
Con el dedo levantado, desde el carril que sube al molino del rey. Antonio le muestra a Rosario la vivienda en donde ha alquilado una habitación, con el dinero de jornales de las semanas que no se han visto. Rosario le responde con monedas entre sus manos, parte de lo que no le ha dado a su viuda madre y que ha ganado como mujer jornalera. Pero entre mirada, sonrisa y alejamiento casto, primaba el amor de aquellos villariegos serranos.
DEDICADO A TODAS LAS MUJERES JORNALERAS QUE AÑO TRAS AÑO Y SIGLO TRAS SIGLO HAN LABRADO CON SUS MANOS Y EL SUDOR DE SU FRENTE LA HISTORIA, LA CULTURA Y EL PROGRESO DE ESTA TIERRA VILLARIEGA.
Emilio Luis Parras Alcalde
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